Surgimiento a calle Las Ramadas

“Así puede ocurrir que apertura niveladora de la calle nos devuelva a la exacta dimensión de nuestra humanidad desnuda, sin trámites razonadores, sin jerarquías ni distinciones; que repentinamente nos revele nuestra condición de humanidad imprevisible en nuestra relación con los otros: expuesta a los otros en nuestra transitoriedad”.

 

Al costado sur del rio Mapocho nace Las Ramadas, hoy Calle Esmeralda, que sale al encuentro de calle Miraflores con el parque forestal para morir tres cuadras más allá, en 21 de mayo. Si bien, desconocemos con exactitud el nacimiento de esta calle, podemos señalar que Las Ramadas, tras configurarse el límite y centro de la ciudad, se transformó en un elemento ordenador y vinculante con los exteriores, tanto con el borde del río Mapocho, como con los primeros pronunciamientos de la vida barrial.

 

“En las primeras décadas del siglo XVII la población española de alta y mediana categoría se concentraba en su parte central. Ello significa decir que por el norte aquella población llegaba hasta la actual calle Rosas y Esmeralda en la parte flanqueada por el convento de Santo Domingo; por el sur hasta la calle de las Agustinas, donde ponía límites al monasterio e iglesia de este nombre y el Mac Iver, donde otros conventos la Merced y Santa Clara de la Cañada, ponían fin a la ciudad y, por el Occidente, era la actual calle Bandera hasta donde alcanzaban con sus muros el citado monasterio de las Agustinas y el colegio San Miguel de la Compañía de Jesús”.

 

Cabe señalar que el empedrado de la ciudad hacia 1659, tampoco contempló la calle Las Ramadas. El primer acuerdo en esta materia se efectuó dado el maltrato que sufrían las calles por los terremotos. Para llevar a cabo el empedrado, existía una fijación de límites, tal como ha ocurrido con otros indicadores, se señala y confirma que el sector principal, no supera a un radio de más de tres o cuatro calles desde la Plaza.

 

Además, el primer plano científico dibujado por Frezier en 1712, confirma que las calles de norte a sur no superan las ocho, lo que significa que Las Ramadas “por su tortuosidad i su propio nombre no parece haber entrado en la planta primitiva” de la ciudad.

 

En efecto, es probable que surgiera “después del terremoto que azotó a Santiago en 1730, que causo grandes destrozos materiales, como una consecuencia de la escasez de viviendas”, lo cierto es que dicha calle, se formó en el barrio del basural, que comprendía el sector del mercado central.  

a) Origen de su nombre

Todo el terreno del lado norte, comprendía el lecho mismo del río. El historiador Vicuña Mackenna manifestó que el “Mapocho a fuera de temido por sus recios aluviones, fue siempre plebeyo y de aquí su calle de Las Ramadas, con este nombre conocido a causa de las ramadas que el movedizo pobre rio levantaba en el abierto pedregal de su cauce”.

 

Por su parte, Luis Thayer Ojeda, señala que su nombre se debió a unas ramadas de paja, con sus varas de topear, que existían cerca de su nacimiento. Años más tarde, Sady Zañartu agrega que “la calle entera se animó de cantos y rasgueos y tuvo asiduos clientes en los viejos verdes y mozalbetes, quienes al concertarse para ir a una sandunga, no decían vamos a las chinganas, sino vamos a las ramadas, de donde vino el origen del nombre”.

 

Es factible, pues tras las guerras de la Independencia y guerras civiles, muchas mujeres abandonadas “levantaron rancho y ramada para subsistir vendiendo tejido y alfarería, comida y chicha, música, baile, alojamiento y…sexo”. Hacia 1814 y 1850 las ramadas de las abandonadas se transformaron en sitios impregnados de ambiente carnavalesco, a este espacio comunitario popular se le llamó “chingana”, donde se tejía en plano de igualdad y con humor festivo, la cultura popular chilena y la identidad histórica del bajo pueblo, parafraseando a Salazar.

 

Siguiendo con el mismo autor, las ramadas se constituían gracias a la manifestación de la cultura popular campesino-peonal y de la economía de subsistencia de las mujeres de pueblo independientes. Diferenciada totalmente con aquella que dominaba al interior de familias campesinas convencionales donde la figura dominante era el labrador que trabajaba la tierra y el ganado. Por el contrario, en la sociedad popular de los suburbios dominó la figura de la mujer independiente, quien a través de las “ramadas enfiestadas”, se ganó un espacio de subsistencia, incluso en su propio rancho.

 

“Muchas de ellas llegaron a ser expertas productoras de sidra y de toda variedad de chichas (de uva, de pehuén, de molle, de maqui, de chilca y de mistelas)”

 

Fue de este modo, como las mujeres del comercio peonal, convirtieron su rancho tanto para jugar y divertirse, los cuales hacia el siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, no tenían puerta, por tanto, los transeúntes entraban para ordenar libremente.

 

Nace calle Las Ramadas, con humildes casas de quincha y barro, que más tarde se transformarían en alegres y pintorescas residencias.


 

b) Contexto próximo a la calle

Por largos siglos, el contexto cercano a calle Las Ramadas ha sido, el mercado central, la chimba, el Puente del Mapocho y los Monasterios que han rodeado la ciudad.

 

Mercado central

 

Originalmente, “las cañadas”, se transformaron en el lugar por excelencia para la venta- compra de legumbres y su posterior reventa en la ciudad (comercio regatón). Dichos lugares, se llenaban de peones urbanos y rurales, es más, “la cañada no solo por esto fue una ‘feria franca’ donde se comerciaban frutos del país, sino también una suerte de campamento campesino y un arrabal popular de la ciudad”, donde se vivía una ambiente relajado y liberal con frescos aires carnavalescos de la cultura popular, prohibidos en muchas oportunidades, por su cercanía a las ramadas.

 

Si bien existen varios mercados en la ciudad de Santiago, el principal está ubicado junto al río Mapocho, albergando en su ribera hacia 1546, herreros, curtidores, armeros, carpinteros, zapateros, sastres, cordoneros, herreros y albañiles. Con anterioridad, existía un mercado que se estableció, gracias al Cabildo de 1552, en la Plaza Mayor, vendiendo productos de estas tierras u originarias de las Indias. Fue de éste modo, como los negociantes vendían en el suelo, pescado, legumbres, carne, sopaipillas, empanadas fritas, mote con huesillos, tortillas de rescoldo, entre otros; instalándose más tarde en el lado oriente de la plaza en toldos o galpones, donde se mantuvieron hasta 1821.

 

 

Pedradas entre Chimberos y santiaguinos

 

Las calles del centro de Santiago, a partir del siglo XV fueron escenario de guerras de piedra en cualquier hora del día y aún de noche. Parafraseando a Giannini, la calle como medio de flujo humano, es un medio de todos y de nadie, cuenta con la posibilidad de ocultarnos, logra alivianarnos del peso, de la responsabilidad, del cuidado, de ese ser disponible para sí como lo somos en el domicilio; es más logra desprendernos del personaje que somos preferentemente en el trabajo.

 

Los combates se concentraban en la calle San Antonio, Santo Domingo y Monjitas, concluyendo por completo año 1818. Durante todo este período, aquellos combates provocaron temor a los transeúntes, sólo era factible cruzar la calle, en el momento que lograban desaparecer las piedras en el aire.

 

Aún así, el verdadero campo de batalla de este tipo de diversiones populares era la caja del río Mapocho, prolongándose muchos años después a 1818. A este lugar “acudían combatientes   de todos los barrios, prefiriendo el espacio comprendido desde donde ahora está el puente de la Purísima hasta dos o tres cuadras más abajo del de Calicanto, es decir una extensión de una milla de Oriente a Poniente”, José Zapiola fue testigo personal,

 

“En tan largo trecho jamás faltaban guerreros de uno y otro lado del río, entre chimberos y santiaguinos. Los días festivos esto no podía faltar, y gran parte de la población del sur del río, por afición o necesidad, acudía a estas batallas...”

 

Calle las Ramadas y sus alrededores se veía notoriamente coloreada por este tipo de manifestaciones populares, pues, llegaban al lugar contendientes de todo Santiago, siendo la línea divisoria entre combatientes era el río en su parte más angosta. De este modo, era más fácil herir al enemigo y más sencillo cruzarlo para iniciar la persecución del vencido.

 

Para los santiaguinos era más favorable, que “llegando casi siempre hasta los ranchos situados en el río, y encontrándolos abandonados, saqueaban como vencedores esos ranchos, escapando sólo aquellos cuyos dueños eran mujeres indefensas”.

 

Cabe señalar que dichos saqueos, no respondían a una necesidad real de robar o hacer daño a sus moradores, pues se trataba de ranchos que no despertaban codicia alguna. Más bien, estos niños, de unos 12 años, intentaban imitar la guerra y sus pormenores.  

 

Construcción de Monasterios

 

En el siglo XVII, muy cerca de la Plaza Mayor, estaban las iglesias de la Compañía y de Santo Domingo; la primera construida toda de piedra blanca, mientras que la segunda se fundó sobre arcos de ladrillos y techumbre de madera. Ambos templos, además del culto, cumplían una función de servicio vinculada a la educación de jóvenes de clases altas.

 

Los conventos y las iglesias de San Francisco y la merced, se situaban colindantes con los extramuros. La primea de ellas, construida en piedras y fue el convento más extenso que tuvo la ciudad en tiempos coloniales. En cambio, el templo de la orden mercedaria, fue terminado gracias a Rodrigo de Quiroga, quien solicitó misas con carácter perpetuo, tanto para el descanso de su alma, como para su hija y esposa.

 

Además de estos conventos, a fines del siglo XVI ya existían otros de la orden de San Agustín, “creado por la decisión del Cabildo de Santiago en 1574 y aprobado por el obispo fray Diego de Medellín en 19 de septiembre de 1576”. Los edificios se instalaron en las calles Agustinas por el norte, Ahumada por el oriente, Moneda por el sur y Bandera por el poniente.

 

Antes del terremoto de 1647, el último monasterio fundado fue el de Santa Clara de la Cañada, nombrado posteriormente de la Antigua Fundación. En la Chimba, ya se vislumbraba un pequeño núcleo de población, cuando se establecieron las Recolecciones Franciscana y Dominica, con sus respectivas iglesias y conventos.

 

Los demás templos fueron llamados ermitas, santuarios o capillas pequeñas que surgieron a mediados del siglo XVI. Las ermitas, servían para cubrir las necesidades religiosas de los habitantes en la periferia de la ciudad.

 

Por tanto, la característica común a los templos fue su instalación en “barrios modestos que comenzaban a surgir de la subdivisión de terrenos hechos al sur y al norte de Santiago por los dueños de chacras que existían en esos arrabales”, por tanto, las calles principales de la ciudad siguieron manteniendo su fisonomía, apenas atenuada por los pórticos de las casas más grandes.

 

Puente del río Mapocho

 

Tras el terremoto de 1647 que azotó violentamente la ciudad, muchas calles mostraban un escenario desolador. Muchos edificios públicos quedaron dañados logrando su construcción sólo a partir de 1710 bajo el gobierno de Andrés de Ustáriz. Una de las obras prioritarias fue el Tajamar del Mapocho y su respectivo puente, sin embargo, éste quedó totalmente destruido por la crecida del río ocurrida en 1747. El programa de rehabilitación contemplaría la construcción de un puente definitivo que comunicara el sector central de Santiago con los barrios existentes en la ribera norte.  

“En 1765 se nombro un director de la obra, siéndolo el mismo corregidor de Santiago, Luis Manuel Zañartu, los trabajos se iniciaron en junio de 1767 y hay constancia de que en octubre del mismo año, Zañartu había dispuesto que se sacara piedra del cerro blanco para lo cual destino ochenta reos que le habían sido facilitados desde la cárcel, el mismo funcionario manifestó al cabildo que necesitaba bueyes, carretas y otros muchos materiales para conducir esa piedra y aprontada en el río y lugar para hacer el puente”.

 

La obra se caracterizó por su rapidez, pues de acuerdo a los relatos posteriores, los reos comenzaban muy temprano a trabajar, “al rayar el sol”, o incluso antes y se desarrollaba al compás “del canto de los más conformes con su suerte y, de las maldiciones de los más descontentos, entre el ruido de las cadenas y el chasquido del látigo de los mayordomos, que se hacían obedecer ciegamente a los latigazos, cuando no a los garrotazos”.

 

Merece recordarse que en esa época, la situación de los sectores menos afortunados de la población chilena, era asfixiante, “condenados a vivir en arrabales miserables, constantemente vigilados por las autoridades, obligados a la inacción forzada por falta de trabajo”. En el otro extremo, exigidos en proporcionar su mano de obra gratuitamente.

 

En consecuencia, por años calle Las Ramadas y sus alrededores, se empaparon bajo una normatividad negativa invisible, muchas veces y en escenario de lo prohibido, “lo que no debería hacer un transeúnte a fin de conservar su anonimato y llegar a su destino”. Porque al traspasar los límites de lo tácito, el poder anónimo también se hace presente.

 

Para la construcción del puente, la mano de obra superó los doscientos hombres y, era obtenida por tres vías. La primera de ellas, a través del mismo corregidor, que realizaba visitas a bodegones, casas de juego, chinganas entre otros lugares de esparcimiento de la época para su captura. En segundo lugar, se trataba de reos acusados de faltas o delitos menores, que aún no terminaban su proceso. Por último, se dice que los dueños de esclavos los enviaban a realizar éste tipo de trabajos, cuando éstos merecían un castigo.

 

Aunque dicho lo anterior, ha perdurado por años la idea que la posada, sirvió al corregidor para vigilar las obras del puente Cal y Canto. Los estudios respectivos que se han realizado, explican que “don Luis Manuel Zañartu nunca fue propietario ni vivió en esta casa”. La posada sólo tomó el nombre de Corregidor Zañartu, en 1928 y fue bautizada por don Darío Zañartu Cavero.

 

 

c) Plazoleta Calle Las Ramadas

Hacia 1721, “se ordenó que ‘para el trajín libre del puente del río y descanso de pie que hace estribo’, se desocupase un sitio a fin de permitir el libre acceso ‘para el tránsito de dicho puente de recuas yentes y vinientes carros, carreras y coches y demás bagaje del camino’, por ser el único que comunicaba a la ciudad con La Chimba”. Es así como, se crea la plazoleta de calle Las Ramadas con el fin de admitir a los transeúntes del sector del basural; más que la simple posibilidad de generar un reencuentro ciudadano, pues, de acuerdo a De Ramón, con la idea de albergar a:  

 

“la muchedumbre del concurso de calesas que han frecuentado y frecuentarán con el tiempo mayor abundancia”.

 

La plazoleta de calle Las Ramadas, de carácter interior y de retazo; ha adquirido el sabor de un “lugar concreto de retorno, y en cierta medida, de restauración de un `pasajero´ que continuamente vuelve a partir”. Si bien, lejana en transformarse un punto de encuentro como sucediera con el ágora ateniense; sin ella, la ciudad y sus calles, se hubiesen ido “convirtiendo en un conglomerado de ´domicilios´, sin ventanas a la comunidad, de acuerdo a Giannini.

 

Ahora bien, el nacimiento de plazoleta de calle Las Ramadas se vincula con la plaza Mayor, aún así, guarda enormes diferencias. La Plaza Mayor con su amplio cuadrilátero aún no se encontraba adoquinado en su totalidad y servía de feria popular o mercado para la compra de alimentos y vestuario, por los años 1700. Además, fue por siglos un gran zócalo completamiento abierto, libre árboles, piletas y adornos, que en los años de justicia colonial, en su centro se azotaba y castigaba con escarnio público a los condenados, allí desfilaban las procesiones religiosas y juegos carnavalescos.  

 

 

En cambio, la plazoleta de Las Ramadas al pasar del tiempo, tomó forma de un espacio urbano definido por los edificios circundantes a la calle y se ha incorporado, “al uso peatonal como plaza dura en fecha reciente para realzar la presencia de ‘La Posada del Corregidor’. El balcón con rica ornamentación en madera, constituye un elemento fundamental en la definición de la plaza”, conectándose por su lado norte Parque Forestal.

 

d)Teatro en Calle Las Ramadas

Calle las Ramadas, como espacio de múltiples encuentros, símbolo privilegiado de aquel caminar en novedad de la vida y medio de comunicación, ha sido escenario de las primeras representaciones teatrales en Chile. Sin embargo, para ser rigurosos, a comienzos de la Colonia fueron los conventos y teatros provisionales los que mostraban obras españolas en celebración a algún hecho importante para la época. De acuerdo a Isidora Aguirre, se tiene noticias de un teatro provisional en 1709 en la Plaza de Armas, aún así, hacia 1793 se habla de un teatro al aire libre ubicado en el sector del basural de Santo Domingo, en la plazuela de Las Ramadas.

 

Dicho teatro, de propiedad de don José Cosirriberri, intenta mantener un carácter permanente, aún así fue rematado hacia 1809, con el fin de “ayudar a España que se encontraba oprimida por las fuerzas napoleónicas”.

 

e) Posada del Corregidor

En calle Las Ramadas, espacio público; accesible y común, por la cual solemos pasar rumbo a nuestras tareas rutinarias, o volver desde ellas; ha sido abierto para nosotros como tal, en algún momento de la historia; guardando en rincones, añosas construcciones capaces de darnos claves episodios de la vida cotidiana de nuestros antepasados. Pues, “cada individuo cada individuo empieza a reahacer la historia de la especie, a construir su mundo, a levantarlo, a tejerlo, a atisbar sus horizontes y crear, dentro de ellos, los surcos circulares de la biografía cotidiana”.

 

Hacia 1786 se construye la posada del corregidor Zañartu, declarado monumento nacional en 1970, con características formales y constructivas correspondientes al periodo colonial, tras la influencia arquitectónica del gusto español clásico. Su planimetría es “propia de las viviendas con las pilas de esquina en que se crea un gran espacio planta baja que servía de local comercial, ubicándose en la segunda de las habitaciones de los ocupantes”. En las fachadas oriente y sur, podemos disfrutar de su balcón volado en segundo nivel con rica ornamentación en madera. Su estructura se compone de gruesos muros de adobe y entramados de madera, su cubierta es de teja de arcilla.

 

Si bien, se desconocen sus primeros propietarios, los usos que tuvo la posada durante el primer período de su construcción se relacionaron con el hecho de “servir como local o locales comerciales por la apreciada ubicación y características estructurales de la planta del primer piso”. Pues, la plata del segundo piso recibió un uso distinto; habitación para sus dueños o arrendatarios.

 

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